Después de los meses de espera, de ver cómo cambiaba el cuerpo de mi hija, de verla prepararse física y emocionalmente para ser mamá, el 16 de enero de 2024, mi niña dio a luz a un bebé hermoso y sano. Con ojos totalmente «imparciales», puedo decir que mi nieto fue uno de los bebés más bonitos que he visto en mi vida. No me importa que solo yo me lo crea, pero no había niño más perfecto en toda la sala cuna del hospital.

Cuando mi yerno salió de la sala de cirugía con él en brazos y nos lo mostró a través del vidrio de la sala cuna, sentí que, por quinta vez en los años que llevo de vida, había trascendido de una existencia normal a una más grande y significativa. Las primeras cuatro veces fueron cuando nacieron mis hijos. Cada uno que llegaba era un paso más hacia un futuro bueno y lleno de amor.

Por supuesto, no llorar no fue una opción. ¿Quién puede esconder las lágrimas en un momento así? Mi hija, mi niña de agua, mi precious moment se había convertido en madre. Mis lágrimas fueron de alegría, emoción y orgullo. La alegría y la emoción fueron totalmente normales, pero el orgullo fue porque siempre he pensado que para ser madre hay que ser muy valiente. En todos los sentidos. No voy a entrar en explicaciones porque solo las que somos mamás sabemos de qué estoy hablando, ¿verdad?

Lo que sí resultó para mí ser un sentimiento nuevo fue la enorme paz que me llenó el cuerpo y el alma en ese momento. Por unos segundos, no sé si largos o cortos, el mundo se detuvo, dejó de girar y solo estuvimos mi nieto y yo. Solos, mirándome él con sus ojos recién abiertos y mirándolo yo con los míos llenos de agua de mar. Un silencio amoroso me rodeó como un abrazo y solo pude pensar en agradecer a mi Dios por ese pequeñín que había nacido con la tranquilidad del que llega al mundo con la certeza de que tendrá los mejores padres que alguien puede desear.

Y es que el joven que me miraba con tanto cariño a través del vidrio, el padre de esa criaturita bella, tenía la total seguridad de que lo amaría siempre e intentaría ser su mejor ejemplo. También le agradecí a Dios con todo mi corazón haberme concedido esa gran bendición esperanzadora de la que habla la Biblia: Verás crecer a tus hijos y a los hijos de tus hijos.

A mi hija la vi unos minutos después, cuando la llevaron a su habitación, agotada pero feliz. Esa tarde no habló mucho. Estaba demasiado cansada por el esfuerzo físico y, me imagino, terminando de asimilar su nueva vida. Sentí que necesitaba estar con ella misma, con su marido y con su bebé para terminar de adaptarse a esa hermosa realidad que empezaba ahí, en ese instante. Le di un beso en la frente, me despedí de ellos y me vine a casa. Tal vez yo también necesitaba unos momentos de silencio y solitud para armonizar y comprender todas las emociones del día.

El que mi hija se convirtiera en madre me convirtió a mí en abuela. Hasta ese martes, y por mucho que me lo hubieran repetido, yo nunca había sentido, ni siquiera imaginado, ese amor desbordado del que hablan las abuelas experimentadas. Todavía hoy, quince días después, veo a mi nieto con la ternura que da un bebé recién nacido, pero lo que más me conmueve de ser abuela es ver a mi hija ser madre.

¡Con qué naturalidad asumió su nuevo papel! Con qué soltura carga, mueve y amamanta a su pequeña cría. Me maravilla la dulzura que suaviza su rostro cada vez que lo ve, que lo atiende. Mirándola, casi puedo tocar sus sentidos agudizados que la convirtieron, en menos del tiempo que tardamos en parpadear, en la madre fiera que luchará por su pequeño para que crezca feliz y seguro en este planeta hermoso que los humanos intentamos dañar y salvar al mismo tiempo.

Y yo seré la abuela. Si lo pienso bien, ser abuela debe ser muy divertido. Podré amar a mi nieto con todo mi corazón, pero con la tranquilidad de que hay alguien más (sus papás) haciéndose cargo de que aprenda a hablar, a caminar, a comer bien y a ir al baño. Ellos se encargarán de que salude y se despida de las visitas, que aprenda a ser buen amigo, que sepa de límites y pertenencias, de respeto y de igualdad y que comprenda que la vida es para compartirla con muchas personas, porque ninguno somos el centro del universo. En resumen, que sus papás le enseñarán a ser buena persona. Estoy segura de que no les será difícil. Ellos son extraordinarios. Yo tendré otros oficios.

Como abuela, podré saltarme algunas trancas. Podré mimarlo como hubiera querido mimar a mis hijos, pero que no lo hice por todas las razones que dije antes. También me veo jugando con él, leyéndole cuentos, enseñándole canciones, escribiendo para él y dándole chocolates que guardaré en un lugar mágico que, supuestamente, solo los dos sabremos que existe. Porque hay algo de lo que sí estoy segura, y es que los abuelos y los nietos tienen una puerta secreta que va directamente de un corazón a otro. Lo cuidaré, como me dijo una vez mi papá, cuando dos de mis hijas viajaron con él, como al aire que respiro. Nunca olvidé esa hermosa frase que le salió del alma al bisabuelo de mi niño.

Y para sumar a todo este remolino de sentimientos, ahora, más que nunca, enero se ha convertido en un mes todavía más importante para mí. No solo es el primer mes del año, el que empieza cada trescientos sesenta y cinco o sesenta y seis días con una nueva luz de esperanza. El que tiene los atardeceres naranjas y las nubes doradas. El que, con las cabañuelas, predice el clima del resto del año; el mes de los churros y chocolate en familia. Es, además, mi mes de cumpleaños, el de mi hija y el de mi nieto. Ya somos tres generaciones de enero. En algún momento, apagaré las velas del pastel con dos de mis grandes amores, y eso me hace mucha ilusión.

Bienvenido, Adrián. Bienvenido a este mundo y, como dice la canción basada en el 4.º Movimiento de la 7a. Sinfonía de Beethoven, te deseo que «Cuando tú nazcas, abre los ojos, toma la vida, es para ti. Un mundo entero para que vueles, para que crezcas libre y feliz».

Tu abuela

29 de enero de 2024


Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

2 comentarios

Marcia Concha · enero 30, 2024 a las 5:17 pm

Pienso con qué exactitud describiste lo que se siente al ver al primer nieto por primera vez. Esa sensación no es fácil de explicar y me he sentido tan identificada al leer tu escrito.
Felicitaciones y no me quiero perder ninguno de tus relatos.
Aquí tendrás a una fiel seguidora.

    Patricia Fernández · febrero 2, 2024 a las 10:50 am

    Gracias, Marcia. Escribir da una libertad muy bonita, pero lo que más me alegra es que otras personas (en este caso, otras abuelas) se identifiquen con mis palabras y sentimientos. Un abrazo y gracias por leerme.

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