Hay algo que me gusta de viajar en avión: puedo no hacer nada sin sentir que estoy vagando o perdiendo el tiempo.

—¿Me puede decir cómo hizo para recostar el sillón?

La pregunta me sorprendió. Casi no me había fijado en ella cuando, de pie en el pasillo, me dijo que tenía asignado el asiento que estaba a mi lado —ese que yo había deseado que no se ocupara para tener la fila completa para mí durante todo el vuelo—. Solo me había fijado que era menuda y bajita. Eso me había alegrado porque no puedo negar que viajar en avión al lado de una persona voluminosa puede resultar muy incómodo. Para la persona, porque a las líneas aéreas les ha dado por reducir muchísimo el espacio entre una butaca y otra; y para el que va al lado, porque pierde acceso a una buena parte del sitio que le correspondía.

—¿Perdón? —Le pregunté sin comprender bien.

—Que no sé cómo recostar el sillón así, como usted lo tiene —me dijo bajito, mirándome a los ojos. Me gustó que se atreviera a preguntar. Nos esperaban muchas horas de vuelo y mientras más cómodas las pasara, mejor.

Le expliqué cómo recostarlo y volví a mi lectura. Cuando la azafata pasó con los audífonos, le pedí dos pares y, sin decir nada, le pasé uno a la joven.

Poco después vi venir el carrito de la comida. Bajé la mesita. La chica hizo lo mismo. Pedí agua pura para beber y pasta para comer. La chica pidió lo mismo. Quité la tapadera de aluminio que cubría una pasta cremosa que no se veía muy apetitosa. La chica replicó cada uno de mis movimientos. Yo hacía como que no me fijaba. Comimos en silencio. Ninguna de las dos tomó café.

Al terminar de comer, volví a guardar la mesita y busqué en la pantalla que tenía delante de mí una película para entretenerme. Ahí no pudo seguir mis movimientos y me pidió ayuda otra vez. La ayudé a elegir una película y luego elegí la mía. Hora y media después, me dispuse a dormir. Todavía nos quedaban nueve horas de viaje. Saqué la manta de la bolsa en la que nos la habían entregado y me cubrí con ella. La joven me miró e, inmediatamente, hizo lo mismo con la suya.

—Es la primera vez que viajo en avión —me aclaró tímidamente—. Perdone si la estoy molestando.

—No te preocupes —le dije—. Pregunta todo lo que quieras. Como todo, las cosas son fáciles cuando aprendes a usarlas.

La sonrisa que me dio fue suficiente. Me convertí en su protectora.

Charlamos un rato. Me contó que vivía en un pueblo de El Salvador y que iba a Italia a visitar a un tío. Pasaría catorce días con él y su familia. También me dijo el nombre de la ciudad o el pueblo que visitaría, pero no logré ubicarlo en el mapa. Yo le conté que iba en viaje de trabajo y que iría a cinco ciudades en cinco días. Abrió mucho los ojos, admirada.

—Dichosa que va a conocer bastante.

No quise decirle que cuando vas en viaje de trabajo solo conoces lo que ves a través de las ventanillas de los taxis o trenes. Rara vez hay tiempo para más.

Sentí alivio cuando me contó que tenía cinco horas de escala en Madrid. Me tranquilizó pensar que tendría tiempo suficiente para equivocarse y enmendar sin perder su conexión. Yo tenía solo hora y media para cambiar de avión, un margen de tiempo que no acepta errores.

Al aterrizar, después de pasar una noche de sueño intermitente —y eso que la chica no se movió de su asiento ni una sola vez—, bajé mi maleta de mano del compartimiento arriba de mi asiento y, en vez de incorporarme a la cola de pasajeros que se apuraba para salir, la coloqué sobre el sillón y le pregunté si quería que la acompañara a migración. Vi como se le relajaban los hombros al tiempo que agarraba con fuerza su bolsa de viaje y se apresuraba a pararse en el pasillo, delante de mí.

Bajamos del avión y caminamos juntas por el largo, larguísimo, corredor del aeropuerto. Al llegar a las pantallas que  indican las llegadas y salidas de los vuelos, le dije que buscara el de ella y que yo buscaría el mío. No lo encontró. Hay que tener experiencia para saber cómo decodificar tanta información en movimiento. Caminé hacia la pantalla y le señalé su vuelo, explicándole el significado de cada columna y su relación con la boleta de embarque que tenía en la mano.

Los aeropuertos pueden despertar temores e inseguridades, quizá porque nos recuerdan que hay muchas cosas que no sabemos hacer.

—Esa es la hora a la que sale, ¿ves? —le dije, señalando la información en el cartón que llevaba en la mano— Y ese, el número de vuelo. Y esas, las puertas a las que tienes que ir después de que pases migración y recojas tu maleta. Cuando se acerque la hora, fíjate bien en una de estas pantallas, te dirán exactamente en qué salida tienes que estar. Yo no tengo que recoger mi maleta, porque me la facturaron directamente a donde voy, pero como vamos a las mismas puertas de embarque, te acompaño —le dije para tranquilizarla.

Ella asentía en silencio a todo lo que yo le decía.

De repente, me acordé que yo no tenía mucho tiempo. Apuré la explicación y caminamos hacia migración.

Justo antes de llegar, escuchamos a un hombre que decía en voz alta:

—Pasajeros de la Unión Europea, favor pasar a la derecha. Todos los demás pasajeros, a la izquierda.

Me detuve en seco. Miré fijamente a mi protegida y le dije que no podíamos seguir juntas porque yo entraba con pasaporte europeo. La vi titubear, pero no dijo nada; solo volvió a asentir en silencio, con la boca a medio abrir. Podría jurar que le temblaron los labios. Terminé de explicarle lo que tenía que hacer y nos despedimos con un saludo breve.

—¡Suerte! Que llegues bien —le dije alzando la voz entre el bullicio de la gente.

—Sí, seguro —Me contestó, levantando la mano para despedirse—. Y gracias por todo.

Por todo. ¿Qué tanto había hecho yo por ella?

La vi alejarse sin voltear la cabeza ni una sola vez. Pensé que a pesar de todas las indicaciones y facilidades que dan a los viajeros, los aeropuertos son mundos aparte en los que es muy fácil extraviarse. A pesar de la calma que aparentan, las personas se mueven con prisa, nerviosas y apuradas; como si caminar con paso firme fuera cuestión de estatus.

Yo siempre tengo dudas de la infinidad de pequeñas tareas que hay que realizar en un aeropuerto; tareas en las que, si no se pone toda la atención de la que disponemos, pueden llevarnos a perder el cincho, el teléfono o hasta un zapato. Me limité a rezar para que mis pasos me llevaran al lugar correcto y no fuera otra de las despistadas que pierde su vuelo.

Esta vez, intenté caminar más despacio.

Así somos los humanos. Nos molesta sentirnos vulnerables.

Las valiosas excepciones son las que nos enseñan lo lejos que podemos llegar cuando nos atrevemos a ser auténticos y aceptar nuestras limitaciones.

 

Patricia Fernández

Febrero 2019

 

 


Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

1 comentario

Isabella González · marzo 9, 2019 a las 9:55 am

¡Qué lindo! Me encanta como me transporto al momento y la vivo en carne propia. Gracias por compartir.

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