Está por terminarse el primer mes de un año que no acaba de arrancar. Y no es para menos. Estoy segura de que nada ni nadie está interesado en parecerse o imitar al que recién finalizó. El año pasado fue todo un acontecimiento, de eso no hay duda. Los únicos que tendrán derecho a no acordarse de él son los que hoy tienen menos de dos años. A los demás nos tiene que haber quedado una marca que nos acompañará siempre. Porque supongo que olvidarlo no es opción.

Voy a recordar el 2020 como un año que fue bueno y malo al mismo tiempo. Bueno porque la vida, de una forma u otra, siguió adelante. Dos de mis hijos se graduaron de la universidad, una se comprometió para casarse y la otra encontró el trabajo que soñaba. Mi esposo y yo confirmamos que podemos pasar muchas horas juntos sin tirarnos los platos a la cabeza y aprendí que puedo estar en casa sin desesperarme. También me di cuenta de que no tengo tantos amigos como pensaba, pero que los que tengo son los mejores de todos. Disfruté maravillosas reuniones familiares que duraban días enteros y dejé atrás las prisas, el tráfico y la sensación de que me falta tiempo para hacer todo lo que quiero. Más bien, creo que ya hice bastante y que puedo empezar a desacelerar porque la vida no es todo carreras.

Malo porque quebraron negocios de gente que se esforzaba honradamente por salir adelante, porque muchos se quedaron sin trabajo en un momento clave de su vida, porque familias enteras perdieron todos sus ahorros y la aviada de miles de jóvenes fue puesta en pausa, para muchos por tiempo indefinido. El mundo se reestructuró a niveles insospechados. Nunca antes se había visto tan claro lo mal balanceada que está la economía mundial, pues hay demasiada riqueza y demasiada pobreza.

El trabajo en casa, o Home Office, antes aborrecido por jefes y añorado por empleados, se convirtió en una forma de vida que a los jefes les encantó y a los empleados ya no se sabe. Actualmente, empieza a hablarse de un sistema híbrido que nos permita no perder el contacto social. Veremos si se consigue.

Esperamos que la vida vuelva a ser lo que era y, al mismo tiempo, deseamos que todo haya cambiado para siempre. Nos hemos enfrentado a tantas cosas nuevas que ya no sabemos qué es normal y qué no lo es.

La forma de relacionarnos ha llegado a ser tan anómala que no tenemos ni idea de cómo comportarnos. Lejos quedaron los abrazos apretados, largos y llenos de besos. Ahora, cuando nos encontramos con alguien muy querido, son nuestros ojos los que abrazan, no nuestros cuerpos. Yo, que siempre me consideré contraria a tanta demostración de afecto, veo a mi gente querida y lo primero que me salta a la mente es que no los puedo abrazar y que es irónico e ilógico que un toque rápido con el codo o el puño deban ser suficientes. Hace unos días, una amiga me mandó una foto que nos tomaron en enero del 2020. ¿Quién nos iba a decir a las cumpleañeras del mes que ese sería el último abrazo que nos daríamos en mucho tiempo y que nunca más volveríamos a soplar las velas de un pastel?

Además, y esto fue lo más triste de todo, perdí a uno de mis amigos más queridos. Uno de los no negociables. Su ausencia es tan irreal como el año que terminó. La última vez que lo vi en persona fue en febrero, en la reunión que teníamos un martes al mes. El resto del año, nuestras pláticas fueron por teléfono o por Zoom, esa forma engañosa de pensar que nos vemos. Mi amigo se fue sin avisar y de un día para otro. Me dejó una sola herencia: el resto de mi vida para extrañarlo.

Por todo esto, cada vez que me pregunten cómo recuerdo el 2020, creo que mi respuesta será como este texto mío: confusa, mezcla de certezas e incertidumbres, de precisiones y ambigüedades, de momentos tristes y felices. El 2020 fue un año raro en el que aprendí que la vida no es tan mía como yo creía, pero en el que el sol siguió saliendo cada mañana y la luna menguó, creció y se llenó como si nada pasara. Total, que no fue un año bueno, pero tampoco fue un año malo porque, como las caras de las monedas, siempre hay dos historias en una.


Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

2 comentarios

María Josefa Mendoza Rosales · enero 26, 2021 a las 12:38 am

Excelente

Anita de Herrera · enero 26, 2021 a las 1:01 pm

¡Me gustan los artículos como éste! Patricia, realmente, en unas cuantas palabras logra expresar una verdad irremediable acerca de un año bueno y malo a la vez…
¡Felicitaciones!

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