Para Gonzalo. Y para los niños que fuimos.


Las torres de Nuremberg no fue solo uno de los muchos libros que mi mamá compró para nosotros, fue uno de los que más iluminó mi niñez. En ese momento, a mí no me importaba quién podía ser el autor: José Sebastián Tallón. No  me enteré que había nacido en 1904 y que había muerto en 1954, pocos años antes de que la cigüeña blanca me trajera cubierta con un ala. Tampoco me preocupó saber que fue considerado el primer poeta argentino que escribió para niños. Lo único que me interesó fue leer sus versos.
     El libro que teníamos en casa era muy bello (o así lo recuerdo yo), de pasta dura y dibujos acuarelados. Lo tuvimos por años, leí sus versos no una sino muchas veces, algunos incluso llegué a saberlos de memoria. En algún momento de mi adolescencia y sin saber bien cómo, el libro fue a parar a otras manos. Me quedé sin mis acuarelas, sin mis versos y sin mi autor. Durante años, algunas de las conversaciones de sobremesa en casa de mis padres trataron sobre el libro y la triste manera en que lo habíamos perdido. Mis hermanos y yo lo extrañábamos mucho. Los versos fueron cayendo en ese rincón del alma donde se guardan los recuerdos más bonitos. Los olvidamos un poco, no podíamos recitarlos completos.
     Años después, ya con tres de mis cuatro hijos nacidos, mi hermano pequeño apareció un día en casa. Me entregó un paquete al tiempo que exclamaba con la sonrisa en las manos: «¡Mira lo que encontré para ti!» Abrí el paquete con curiosidad, sin saber qué había dentro. Del envoltorio salió un ejemplar de Las torres de Nuremberg. No era igual al que teníamos en casa, estaba  desgastado por el uso que le había dado alguien más y no tenía un solo dibujo. En la última página decía que el libro había sido impreso en Buenos Aires, en el año de 1952. A mis ojos, era una joya. Pasé las páginas con delicadeza. Todos los versos estaban ahí, no faltaba uno solo de los que yo había creído olvidar. Ese libro ha sido uno de los regalos más bonitos que he recibido en mi vida, no solo por lo mucho que  lo había añorado, sino porque mi hermano supo lo que significaría para mí.
      Mis hijos crecieron escuchando los poemas de J. S. Tallón. Una de mis hijas todavía puede recitar completo el verso de La vaquita Clarabele. Los cuatro saben que existe una ciudad llamada Nuremberg, no la alemana de la que todos hemos oído hablar sino otra, la que «tiene mil años y quinientas torres y en cada torre suena una campana». Saben que cuando llueve escuchamos al Sapito glo-glo-glo, que Rapa tonpo cipi topo es como se pronuncia ratoncito en jerigonza y que «el grillito lindo que se esconde aquí, cuando yo lo busco calla su violín».    
     Podría transcribir aquí todos los poemas del libro, pues no hay un verso más bonito que otro, pero quiero contarles el que quizá despierta más la imaginación de los niños o, por lo menos, el que despertó la mía: 


La canción de las preguntas

¿Por qué no puedo acordarme
del instante en que me duermo?
¿Por qué nadie puede estar
sin pensar nada un momento?

¿Por qué, si no sé qué dice
la música, la comprendo?
¿Quién vio crecer una planta?
¿A qué altura empieza el cielo?

¿Por qué a veces necesito 
recordar algo y no puedo,
y después, cuando me olvido
que lo olvidé, lo recuerdo?

¿De qué color es la luna?
¿Por qué no hay ángeles negros?
¿Por qué no puedo correr
cuando me corren en sueños?

¿Por qué hay gallinas que cantan
como los gallos? ¿Y es cierto 
que hay relojes que se paran
cuando se mueren los dueños?

Y el pelo, ¿cómo nos crece?
¿por cuál de sus dos extremos?
Y los peces, cuando duermen,
¿tienen los ojos abiertos?

¿Por qué decimos con jota
mojca, rajgo, mujgo, frejco?
Y el gato, ¿sabe que es él
cuando se ve en el espejo?

¿Y sabe alguien en dónde
y cómo y cuándo, vivieron
los treinta y dos abuelitos
de sus ocho bisabuelos?

¿Y podrá decir, quien pueda
contestar a todo esto,
por qué en los días de lluvia
me siento un poco más bueno,

y lo que piensan las vacas
que rumian en el silencio
del atardecer, echadas
y tristes, mirando lejos?



Patricia Fernández
Agosto 2017

     



Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *