Hace varios años vi una película en la que el protagonista, apoltronado en un sillón de orejas altas, sonreía displicente mientras pensaba que le había ganado la carrera a la vida. Y entonces, sucedió algo que le recordó que las personas no tenemos ni idea del porcentaje de vida que controlamos, porque todo lo que no ha pasado es una incógnita.

Algo parecido me sucedió hace casi cinco meses cuando, semana más semana menos, el mundo entero fue puesto en cuarentena. Nos mandaron a nuestras casas bajo la amenaza de ser contagiados por un virus contra el que médicos y farmacéuticas no sabían —y no sé si todavía saben— cómo pelear. Atemorizados, salimos de nuestras rutinas y nos encerramos sin saber qué esperar. Unos seguimos teletrabajando —o haciendo home office como le dicen normalmente—, otros se quedaron temporalmente sin absolutamente nada que hacer y muchos perdieron definitivamente sus trabajos.

De un día para otro nos enfrentamos a una forma de vida que solo parecía posible en la imaginación de escritores y cineastas. En pocas palabras, nos obligaron a guardarnos en el lugar del que muchos quieren salir: nuestro hogar. Las puertas de las casas se cerraron con portazos más o menos leves y empezaron nuevas rutinas y tareas. La ciudad se quedó vacía y el silencio se apoderó de las calles. No recuerdo haber escuchado nunca tanto silencio.

Como siempre he tenido muy claro que dirigir una casa no es nada fácil, desde que me casé —hace ya muchos años— busqué trabajo fuera de ella y delegué su manejo a personas valiosas. Hasta ahora, me las había ingeniado muy bien para administrarla a control remoto y, como buen escapista, huir de las tareas menos glamorosas. Por eso, cuando me tuve que enfrentar a ellas sin ningún resguardo y exponiendo mi inutilidad, me acobardé.

Intentando no entrar en pánico, respiré hondo y miré a mi alrededor. Saqué escobas, trapeadores, líquidos de limpieza, trapos y plumeros. Abrí la refrigeradora y hurgué en la despensa. No ordené nada porque mi cerebro no sabe cómo hacerlo. Soy experta en mover el desorden de un lugar a otro, no en ordenar. Hace años que dejé de avergonzarme por ello. El orden no está en mi ADN tanto como el placer de leer no está en el de otras personas. Sin embargo, como me consideraba buena para organizar y mandar, formé, junto con mi marido y los dos hijos que quedaron encerrados con nosotros, un equipo de trabajo digno de cualquier serie de televisión. Presumí que, conmigo al frente, seríamos invencibles. Todo funcionaría a la perfección y pasaríamos la cuarentena con la casa ordenada y limpia, y nosotros bien alimentados.

La emoción nos duró exactamente dos días. Entre el fuerte horario de trabajo de oficina, el hecho de saber que pasaríamos las veinticuatro horas juntos por un tiempo indefinido, el miedo al contagio, a los problemas económicos que seguro surgirían y a la anormalidad de todo lo que estaba sucediendo, los ánimos se caldearon rápidamente. Pasamos varios días sin ser equipo hasta que, poco a poco, cada uno fue encontrando su espacio en el confinamiento.

Personalmente, decidí dejar de enfocarme en el polvo, el caos, el miedo y la incertidumbre y puse mi atención en placeres que creí olvidados, como el gusto que me da tender al sol la ropa recién lavada y recogerla horas después, seca y olorosa. Me di cuenta de que la comida sabe mejor cuando cocino sin protestar. Al lado de mi hija redescubrí el olor a tierra mojada y aprendí a regar las plantas sin ahogarlas.

Una tarde, me dediqué a fotografiar rincones olvidados del jardín y he retomado mis proyectos de tejido. También he intentado convencerme de que las reuniones por zoom tienen cierto parecido con la realidad.

No todo han sido experiencias buenas o simpáticas. En estos ciento cincuenta días no he visto más que a mi esposo, a mis hijos y a mi mamá. Extraño a mis amigos, a mis hermanos, a mis sobrinos, a mis cuñados y a mis compañeros de trabajo. Además, perdí la concentración. No sé dónde la dejé. Me ha ocurrido algo que nunca me había pasado: encuentro excusas para no leer. Tampoco he escrito casi nada porque una especie de rebeldía se apodera de mí cada vez que pienso en ello.

Sin embargo, y así como espero que la cuarentena, la falta de atención y la rebeldía tarden poco en quedar atrás, también espero que los otros gustos se mantengan. Sobre todo, voy a valorar siempre esta temporada en familia, porque me ha hecho ver que sí podemos pasar muchas, muchísimas, muchisísimas horas juntos respetando nuestros espacios e individualidad.

Pero lo que más espero, lo que de verdad me hace ilusión, es que cuando esto termine y podamos salir a la calle, cuando la gente recupere sus trabajos y la vida vuelva a encauzarse, mis hijos siempre tengan ganas de volver a casa.

Patricia Fernández

1 de agosto de 2020

Este artículo fue originalmente publicado en el blog Ladrona de Frases el 27 de abril de 2020. Han pasado muchos días. De ahí los cambios en el texto original.


Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

10 comentarios

Marcia · agosto 1, 2020 a las 8:30 pm

Pienso en todas las verdades dichas en este pequeño y significativo artículo. Gracias por expresar con palabras los sentimientos que muchos experimentamos en estos últimos meses .

    Patricia Fernández · agosto 5, 2020 a las 1:55 pm

    Gracias, Marcia. No sabe cuánto me alegra que la gente vea un poco de sí misma en lo que yo narro. Un abrazo enorme.

Hans Thiel · agosto 1, 2020 a las 10:22 pm

Lamentamos la pausa en tu producción literaria, y este escrito nos da la razón a los que disfrutamos tus piblicaciones: asomarse a la vida por tus ojos es siempre enriquecedor. Un abrazo a Ricardo.

    Patricia Fernández · agosto 5, 2020 a las 1:55 pm

    Gracias, Hans, por leerme siempre y animarme a seguir escribiendo. Tus comentarios y consejos me han animado siempre a seguir contando mis historias. Te mando un gran abrazo.

Sofia · agosto 2, 2020 a las 3:06 am

Como siempre, lindo leerte, mamá.

    Anna Liisa · agosto 2, 2020 a las 7:00 am

    Excelente Paty! Me identifico muchísimo. Y que alegría volverla a leer!

      Patricia Fernández · agosto 5, 2020 a las 1:52 pm

      Gracias, Anna Liisa. Espero seguir contando historias siempre. Un abrazo.

    Patricia Fernández · agosto 5, 2020 a las 1:53 pm

    Gracias, hija. Ustedes, mis hijos, son los principales protagonistas de mis historias, los que le dan sentido a mi insólita cotidianidad. Sin ustedes, no tendría mucho que contar. Un beso enorme.

Katia · agosto 2, 2020 a las 7:08 am

Así es mu querida amiga, en este encerron, todos hemos aprendido cosas que ni sabíamos de nosotros mismos. Por ejemplo descubrí que prefiero cocinar que limpiar.
Disfrute mucho este artículo, que bueno que alguien escribe sobre estos tiempos de pandemia, para mantener unas memorias, por que después de unos años la mente nos querrá robar convenientemente algunos recuerdos de algo que podo nuestras almas. Así como cuando olvidamos los dolores de parto y encargamos otro hijo.

    Patricia Fernández · agosto 5, 2020 a las 1:51 pm

    Este tiempo nos ha enseñado tanto, ¿verdad Katia? Sobre todo, que tan indispensables somos para otras personas. Voy a recordar este tiempo como uno de valoración y de replanteamientos. Un abrazo muy fuerte.

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