Perteneces a una tribu, a una familia, a un clan que ha trascendido fronteras. Te hubiera gustado crecer a su lado para ser como ellos. Dio igual, eres como ellos.

Y un día, el menos pensado, te descubres poniéndote el delantal de tu abuela y anotando en tu cuaderno cada una de las palabras que tu madre y tu nana van diciendo mientras preparan las croquetas. Con la caligrafía deformada por la velocidad, escribes una receta en la que la medida que más se repite es: «Tú a ojo, niña. A ojo».

Las palabras traen a tu abuela de vuelta a la cocina. La ves vestida con el mismo delantal que tú llevas puesto y que tu madre ha guardado —porque usado, lo ha usado poco— durante más de veinte años.

Pareciera que así no hay quien consiga una receta.

—¿Cuánta leche le pongo? —preguntas por enésima vez, viendo como tu nana mezcla los ingredientes con una paleta de madera mientras con la otra agrega leche a poquitos.

—Al tanteo —responde, agregando uno o dos chorros más.

La pasta va surgiendo entre borbotones y comentarios.

—Ahora, déjela enfriar —dice tu nana, volteando el engrudo caliente en un trasto hondo, de vidrio blanco y figuritas celestes que, estás casi segura, vino de España con tus papás.

Como no tienes tiempo de esperar, tomas el trasto y lo metes al congelador. Te arriesgas al mal carácter que caracterizaba a esta mujer que te ha cuidado desde que tenías dos años. Por suerte, y como el tiempo no pasa en vano, ella, mirándote con una dulzura que cada vez le es más frecuente, te dice con su sonrisa de medio lado y señalándote con un dedo:

—Eso hoy porque tiene prisa, pero así no se hace.

Sus palabras te dicen que a la cocina hay que dedicarle tiempo. Tiempo y esmero. Si no, la comida no sale buena. Tu boca se tuerce en un gesto que quiere parecer culpable. No le contestas nada pero, al mirarla de vuelta, tus ojos dicen lo mismo que los de ella.

Unos minutos después, la pasta está lista. Sabes que la anotación en tu cuaderno volverá locos a tus hijos cuando, dentro de unos años, a ellos también les entre la prisa por no perder los sabores con los que crecieron: «La masa debe quedar como si fuera un puré de papa duro».

El ritual continúa entre risas y buen talante. El ejercicio de hacer las croquetas con dos cucharas intriga a todos a tal punto que ninguno se queda sin intentarlo. Mientras tu madre y tu hermano se sirven una ginebra con limón —aunque todavía no es mediodía en China— tú, tu cuñada, tu sobrino y tus amigos pasan del agua pura y la Coca Cola a la botella de vino blanco que enfriaron a toda carrera en el congelador. Entre un trago y otro de vino, comentas alegremente que hacer croquetas es como montar en bicicleta.

Mientras tus manos se mueven con una agilidad casi olvidada, piensas que tu abuela debe de andar por ahí, cerca tuyo, enseñándote lo poco que conseguiste aprender de la cocina.

Tu abuela, tu madre y tú saben que mantener vivos los sabores y olores familiares mantendrán viva la tribu.

Y es que los sabores familiares son eso: momentos que se llevan dentro, que trascienden fronteras.

Categorías: Vida diaria

Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

7 commentarios

Mariana · junio 11, 2019 a las 4:12 pm

Que fascinante manera de describir con tanta creatividad como mantener viva a la tribu!

    Patricia Fernández · junio 14, 2019 a las 6:42 pm

    Gracias, Mariana. Cada tribu tiene su forma particular de mantenerse viva y a salvo. Un abrazo.

Lucrecia · junio 15, 2019 a las 11:28 am

Ya quiero probarlas!
Que bien está Toya!
Un abrazo para toda la tribu.

    Patricia Fernández · junio 24, 2019 a las 8:58 pm

    Gracias, Lucrecia. Toya está super bien. Yo le digo a la tribu. Otro abrazo para ustedes.

Jeannette · junio 25, 2019 a las 8:39 pm

Cada vez que leo algo de lo que escribe me transporta a mis años pasados, tiene esa familiaridad que hace cada uno de sus relatos una vivencia, me hace abrir cajones que creí cerrados y olvidados,
Gracias por eso.

Nicté Serra · julio 9, 2019 a las 2:00 pm

Ahora tendrás que invitarme a comer croquetas. Así componemos un poco nuestro pequeño mundo.

    Patricia Fernández · julio 9, 2019 a las 2:42 pm

    Por supuesto, Nicté. Pero que sea muy pronto. Un abrazo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *