Cada mañana, al salir el sol, nos levantamos de la cama, nos bañamos (los que bien podemos), desayunamos (también los que bien podemos) y empezamos la rutina de pintarle un paisaje a un rostro que está lleno de miserias.

     Unas horas antes de que saliera el sol, los barrenderos de la ciudad se levantaron de sus camas, se bañaron (los que bien pudieron), desayunaron (también los que bien pudieron) y empezaron la rutina de pintarle un rostro a un paisaje que está lleno de miserias.

Paso a paso, los barrenderos desdibujan la noche mientras empujan hacia las alcantarillas, o tiran dentro de los botes de basura, los restos de las evidencias: bolsas de comida rápida, colillas de cigarrillos, fumados a solas o en compañía, y condones chorreantes, prueba de una noche de amor… o de una ilusión de ser amado.

    En casa, en el auto o en el autobús, algunos de los que no barremos la ciudad nos coloreamos los baches, ocultamos con algodones los surcos dejados por la almohada y por los años y nos pintamos los labios con una sonrisa de plomo. Otros, más experimentados, encapotan con cremas y polvos el morado de la mejilla o el verde amarillento que apareció debajo del ojo y que no termina de desvanecerse .

     Las ciudades, como los humanos, se lavan, se pintan, se barren, se acicalan y se decoran para dar la sensación de que todo está bien. De que si no se muestra, el problema no existe. Las primeras a golpes de escoba y pala, los segundos con cortas pinceladas  y lápices de colores. Todo un arte en ambos casos. Porque la belleza ayuda a pasar el día. O porque, a la luz del día, la oscuridad de la noche parece muy lejana.

     A las ciudades, como a los humanos, los maquillamos para esconder miserias.


Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

2 comentarios

NictéSdP · noviembre 30, 2016 a las 2:54 pm

¡Me pudo fascinar! " prueba de una noche de amor… o de una de odio."
"Porque la belleza ayuda a pasar el día". Revolviste a mi ciudad interior. Eso es escribir. ¡Gracias!

Patricia Fernández · noviembre 30, 2016 a las 10:09 pm

Todos llevamos una ciudad dentro que iluminamos como bien podemos.

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