Llevo varias semanas pensando no solo en lo que me dejó este año que se acaba sino también en lo que yo le dejé a él, porque la vida no es solo cuestión de recibir, es también un asunto de dar. He pasado varias horas de estos últimos días viendo a mi alrededor, observando lo que tengo, lo que la vida me ha dado porque sí y lo que he logrado porque me he puesto en su camino, porque he bailado y saltado frente a ella para que que me tome en cuenta. Intenté, en mi contemplación, descubrir el orden que le da sentido a mi vida y no fue sino hasta ayer o anteayer que me di cuenta de que en la búsqueda de ese orden, de esa quietud que aparentemente deseo, la vida me ha rodeado de bullicio, de cierto desorden, de discusiones que me convierten en árbitro y que terminan con la certeza de que, peleas aparte, la familia es la familia y que los amigos pueden llegar a ser más que familia. También, y sin yo quererlo, he tenido que aprender a disfrutar las bienvenidas sin nostalgia anticipada, para que las despedidas no me causen tanta tristeza. La vida no me ha dado todo lo que le he pedido, pero me ha dado bastante más de lo que imaginé tener.

 

     Veo terminar el 2016 con la tímida satisfacción que dejan una caricia, el abrazo de alguien que te aprieta contra sí unos segundos más de lo usual, un beso dado y recibido con gusto.

      Espero al 2017 sentada frente al mar, con la vista fija en el horizonte e intentando adivinar qué me tiene preparado; luego me digo que conocer el futuro puede resultar aburrido o poco alentador y que es mejor no saber, confiar en la sabiduría de lo que está por venir. 

    Lo que sí veo, sentada frente al mar, es que los años empiezan a pasar más rápido, el tiempo se nos acorta y tenemos que esforzarnos más para lograr lo que no hemos conseguido hasta ahora o aceptar con buen humor que es posible que ya no lo lograremos, que eso que tanto hemos añorado no es para nosotros y que llegó el momento de agradecer lo que sí tenemos.

Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

2 comentarios

NictéSdP · enero 6, 2017 a las 3:21 pm

"…las bienvenidas sin nostalgia anticipada, para que las despedidas no me causen tanta tristeza."

"… porque el espiral se vuelve cada vez más estrecho y los giros son más cerrados…"

Fabuloso Patty!

Abrazos!

ana patricia Fernandez · enero 6, 2017 a las 10:36 pm

Muchos abrazos largos, Nicté. Y que las despedidas no nos duelan mucho.

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