A pesar de ser casi fin de mes y de tener la chequera flaca, entro contenta a la librería. En mi bolso llevo el certificado de regalo que me dio mi hermano para Navidad. Con él, me digo, podré comprar el libro que quiero. Solo uno, me advierto, es casi fin de mes.

El único título que llevo apuntado es el de una autora china. Leí que su novela había sido nombrada uno de los mejores relatos de amor del 2019. Pregunto por él a uno de los dependientes. El joven se acerca a una estantería, extiende la mano y me lo entrega. El corazón me da un salto. Tomo el libro, le doy las gracias y sigo adelante.

Sin darme cuenta, mi lento paseo por las estanterías me ha dejado cinco ejemplares en las manos. No comprendo por qué me extraña, siempre me pasa lo mismo.

Busco un lugar donde acomodarme. Por fin encuentro un sillón a la orilla de la ventana. El cielo, claro y sin nubes, alegra una tarde que, sin sol, sería fría. Antes de sentarme consigo, torpemente, dejar mi bolso en el suelo y luego, con la misma delicadeza con la que trataría a un bebé recién nacido, coloco los libros sobre mi regazo. Los hojeo uno por uno; leo las contraportadas buscando una historia que me atrape, leo las primeras dos o tres páginas de cada novela. Un rato después, ya no me siento tan contenta. Los quiero todos y sé que solo puedo elegir uno.

Miro hacia afuera. El cielo ha pasado de azul claro a azul oscuro. Por fin consigo convencerme de que dos de los libros que he elegido no voy a leerlos jamás. ¿Por qué sé eso? Porque me conozco. Por eso lo sé. Me levanto de mi sillón, los dejo sobre una de las estanterías y vuelvo a sentarme. Me repito que solo tengo el regalo que me dio mi hermano. Me remuevo para no escuchar mi voz y hago un poco de números. Me digo que, si me llevo el que no llega al valor del certificado, quizá pueda comprar dos ajustando un poco la cuenta. Desde el bolso, la chequera me recuerda que es casi fin de mes y mi mente me dice que voy a tener que reencarnar unas ocho veces para leer todos los libros que tengo en casa y que no he leído.

Entre las voces sensatas de mi bolsa y mi cabeza, una parte de mí guarda silencio. No dice una sola palabra, pero obliga a mis manos a sostener un poco más fuerte los tres libros que me quedan.

Me levanto decidida y me acerco a la caja. Todavía no sé cuál voy a elegir, pero estoy consciente de mi situación. El certificado tiene un valor y así será.

Le entrego los libros a la señorita que está detrás del mostrador. Ella, conocedora de la psicología de los lectores, me mira con cierta pena socarrona. Hace la cuenta y me da el total. Sin decir nada, extiendo el certificado.

—¡Ah! ¡Tiene un regalo! —Ella también suelta la respiración.

—Sí. Me lo dio mi hermano. Me conoce bastante bien —respondo casi con timidez.

La joven vuelve a hacer cuentas y me da otro total. Yo sé que la pequeña sonrisa que mantiene en su rostro no es de triunfo. De verdad quiere que yo lo consiga. Se ha vuelto mi cómplice.

Unos minutos después, salgo de la librería. El cielo ya se ha puesto negro. La luz de la ciudad no deja ver bien las estrellas, pero la noche está más cálida que lo que prometía el canal del tiempo. O así la siento yo. Tengo muchas ganas de llegar a casa. Desde hoy, y hasta que termine el mes, tengo mucho que leer.


Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

22 comentarios

Hans Thiel · enero 23, 2020 a las 10:45 pm

Gracias por relatar con tanta claridad y empatía una de las partes más intensas de la vida de los que tenemos mundo aparte en los libros.

    Liisa K. · enero 24, 2020 a las 6:01 am

    Excelente Paty! Me identifico solo que ahora me pasa en la librería virtual… Fue un lindo paseo por la mágica acción de escoger y comprar un libro. Espero disfrute su lectura.

      Patricia Fernández · enero 24, 2020 a las 11:03 am

      Las librerías son librerías, virtuales o no. La felicidad y la inquietud que causan son las mismas. Queremos leer todo. Gracias por leerme.

    Patricia Fernández · enero 24, 2020 a las 11:07 am

    Ese mundo de los libros y sus autores está rodeado de un aura difícil de explicar. Te atrae como canto de sirena. Gracias por leerme.

    Patricia Fernández · enero 24, 2020 a las 11:12 am

    ¿Qué será que a algunos nos atraen los libros como si fueran cantos de sirena?

Sandra Elizabeth Luna Sánchez · enero 24, 2020 a las 6:51 am

La radiografía cotidiana de un amante de los libros. Hermoso!

    Sandra Juárez Aguirre · enero 24, 2020 a las 7:08 am

    Me encantó.. Súper identificada!!

      Patricia Fernández · enero 24, 2020 a las 11:05 am

      Gracias, Pulga. Los libros tienen eso… unen a las personas. Un abrazo.

    Patricia Fernández · enero 24, 2020 a las 11:04 am

    Así es, Sandra. Me siento acompañada en esto. Cada vez que entro a una librería, sé que hay gente sintiendo lo mismo que yo. Gracias por leerme.

Katia · enero 24, 2020 a las 3:00 pm

Podía verte en esa narración, y por supuesto los compraste todos. 😍

    Patricia Fernández · enero 28, 2020 a las 8:22 pm

    ¡Jajaja! Así fue, Katia. No pude dejar ninguno para otro día. Un abrazo y gracias por leerme.

José Pablo Tarazona Montañez · enero 26, 2020 a las 10:31 am

Crecí en medio de muchos libros y supe adentrarme en ese mágico mundo, soy ingeniero y además investigador musical, la historia me ha hecho transitar por los dolorosos caminos de nuestra AL y aunque soy una década mayor de sumerce, espero el cambio liberador de mi pueblo. Un abrazo

    Patricia Fernández · enero 28, 2020 a las 8:21 pm

    No hay nada más lindo que crecer en una casa llena de libros, ¿verdad?

Jorge Luis Sánchez Pinillos · enero 26, 2020 a las 8:48 pm

Me pasa lo mismo cuando visito una librería. Todos los meses reajusto mí presupuesto para comprar algunos libros, pues en Perú los libros son muy caros. El último libro leído se titula Tiempos Recios de Mario Vargas Llosa, y trata del golpe de estado promovido por la CIA contra Jacobo Arbenz. Un fuerte abrazo.

    Patricia Fernández · enero 28, 2020 a las 8:20 pm

    A los lectores nos pasa eso, los libros son nuestra primera opción, ¿verdad?

      Jorge Luis Sánchez Pinillos · febrero 29, 2020 a las 8:00 pm

      Sin duda. El lugar donde me siento más feliz es en una librería. Cuando salgo con mí familia de compras (esposa y dos hijas) ellas me dejan en una librería y allí me encuentran. Es un lugar dónde no siento el paso de la tiempo.

Argenis Quimbayo · enero 28, 2020 a las 5:14 am

Hermoso. Esa es la realidad de los que nos apaciona la lectura. Me encantó felicidades

    Patricia Fernández · enero 28, 2020 a las 8:19 pm

    Muchas gracias por leerme. Me alegro que se haya identificado.

juan · enero 30, 2020 a las 2:33 pm

Los libros esperan ,pacientemente,que llegue su día …

    Patricia Fernández · febrero 2, 2020 a las 8:59 am

    Seguro que así es.

Rosi · febrero 17, 2020 a las 10:56 pm

¡Jajaja! Mismo hermano, mismo certificado de regalo, mismas dudas, mismo pasar de hojas… solo que unos días antes y con la preocupación extra del peso en la maleta. Tres horas parada paseando entre mesas y estanterías (¡no sabía que había sillones!), cargada de libros y tratando de decidir. Al final, también me llevé tres, uno pesado como un ladrillo. En fin… :0)

    Patricia Fernández · marzo 10, 2020 a las 9:45 pm

    Igual que siempre hay lugar para el postre después de la comida, siempre hay lugar en la maleta para un libro más. Buen regalo nos hizo ese hermano ¿verdad?

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