El 22 de abril de cada año celebramos el día de la tierra y el 23 de abril, conmemorando las muertes de Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakeaspeare, el del libro. Dos días importantes para nosotros, los humanos. 

 El primero porque nos da un toque en el hombro; nos recuerda que contrario a lo que hacían los nobles en Versalles, que se mudaban de un palacio a otro cuando el mal olor de sus orines, sus heces y su podredumbre era insoportable, nosotros no podremos irnos a vivir a otro planeta cuando lo hayamos llenado de la basura que la tierra no pueda procesar, comerse y devolvérnosla en forma de abono, limpia. Si no la cuidamos, si acabamos con los recursos naturales, nos vamos a morir. No habrá excepciones. Desapareceremos arrastrando con nosotros a todos los seres vivos del planeta. O a casi todos. Quizá quede alguna cucaracha por ahí. Esos bichos son inmortales.

     El segundo día no sé qué tan celebrado sea, pues no puedo negar que hay personas a las que los libros les interesan tanto como a mí jugar bien a las canicas. Y aunque no lo reprocho, porque es verdad que cada quien es libre de que le gusten o no las cosas, sí lo lamento porque para mí Leer es de lo más divertido y asombroso que he aprendido en mi vida. Cada vez que tengo un libro en las manos siento que escucho al escritor preguntándome al oído: «¿Quieres que te cuente un cuento?»Y yo respondo siempre igual, murmurando en el suyo: «Por supuesto».  Acaricio la portada, lo abro en la primera página y me acurruco mimosa contra el pecho del narrador, dispuesta a escuchar lo que tiene que contarme.
     
     Que de los árboles salgan los libros es contradictorio. Tenemos que matar para dar vida. Así funciona. Criamos árboles hermosos para luego cortarlos y escribir en ellos historias tiernas o crudas, ligeras o densas, buenas o malas, elegantes o vulgares, eróticas o pornográficas. Historias que nos marcarán para siempre o que olvidaremos en pocas horas. El mismo árbol puede servir para cualquier cosa. 

     Siempre me he preguntado si los árboles gritan cuando los están derribando. Si cada golpe de hacha o dentellada de sierra los hace encogerse de dolor y de rabia, impotentes por no ser capaces de defenderse, por no tener la libertad de  agarrar el hacha o la sierra con sus propias manos y atacar con ella al humano que está en el otro extremo.
     
     Y sin embargo, cuando tengo un libro en las manos pienso que el sufrimiento valió la pena, que la esencia del árbol no fue totalmente violentada porque vive ahí, entre las páginas de las historias. 

     Pura especulación mía, nada más.

Abril, 2016


Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

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