Dicen que los escritores nos «delatamos» en nuestros escritos. Que dejamos una parte de lo que somos en cada palabra, línea e historia que contamos. Ese es un secreto que solo nosotros podemos revelar, pero no lo hacemos, nos guardamos la respuesta; decimos que lo que contamos no es real y que todos los personajes, sin excepción, son inventados. No nos importa si nos creen o no.
 
     Pero hay veces, solo algunas, que decidimos contar un trocito de nuestra propia historia. Entreabrimos una ventana para que el lector (si es que conseguimos que alguien nos lea) atisbe a través de ella y sepa un poco más de nosotros: de los niños que fuimos, de la ternura que nos eriza la piel o de lo que puede robarnos la risa. Dejamos salir, a través de esa pequeña o gran abertura en la ventana, un pedazo de nuestra alma.
 
     El relato que publiqué este año en el libro anual de la Escuela de Escritores, escuela de la que soy alumna desde hace un buen tiempo debido a mi tozudez, necedad o necesidad de aprender no solo a escribir, sino a hacerlo medianamente bien, es justamente una de esas historias de las que les hablo. En ella mezclo la realidad con la fantasía, lo verdadero con lo inventado, lo que fue con lo que nunca sucedió. 
 
     Lo único que sí es completamente cierto es que mi papá empezaba todas sus historias diciendo «Había una vez un niño…» y que de esa frase en adelante, su bondad y su imaginación no tenían límite. 
 
     A él le dediqué este cuento. No podía ser de otra manera.
 
 

 

Al calor del fuego
Patricia Fernández
Guatemala
Para papi, por supuesto.
Mi padre tenía el arte de convertir en fantásticas las cosas más simples. Siendo muy pequeños mis hermanos y yo, compró un terreno en las afueras de la ciudad para pasar en él los fines de semana. Al principio no era más que una enorme explanada por la que correteábamos como potrillos. Hasta que construyeron la cabaña, dormíamos en una tienda de campaña que para nosotros era tan grande como una casa. Tenía un área central en la que mi madre acomodaba los catres de mi padre y ella, y dos compartimientos laterales, más pequeños, en los que nos apretujábamos los niños. Por las noches, al calor del fuego, observábamos las estrellas y nos quedábamos dormidos escuchando las historias que papá nos contaba.
Mientras mi madre se afanaba plantando flores y grama, mi padre sembró, en la parte más retirada del terreno, un bosque de lo más diverso. Cipreses, ficus, eucaliptos, pinos, araucarias, limoneros, manzanos y muchos otros poblaron el bosque desordenado, como lo llamábamos. De nada sirvieron las quejas de mi madre, que decía que aquello se convertiría en un caos. Tuvo razón, pero resultó muy entretenido verlo crecer. No había dos árboles iguales.
Al llegar a la adolescencia la granja perdió su encanto y dejamos de ir. Sin nuestra compañía, mis padres espaciaron las visitas. Sin embargo, años más tarde decidieron trasladarse a vivir ahí de forma definitiva. Gracias a eso, volvimos a frecuentarla. Para entonces la familia había aumentado considerablemente, así  que ampliaron la cabaña para que cupiéramos todos.
Motivados por la imaginación de mi padre, la carpa grande pasó a ser el castillo medieval de los diez nietos y el bosque desordenado un espacio mágico que se transformaba de acuerdo a la aventura del día. Algunas veces, la arboleda era un país dominado por gigantes rebeldes a los que les gustaba el rock and roll. Otras, un lugar misterioso por el que se deslizaban serpientes que, escondidas entre la hojarasca, escupían a los niños. En sus carreras por huir de los reptiles peligrosos, los pequeños recibían los orines de las ardillas, que se enfadaban porque decían que en ese bosque solo ellas tenían derecho a gritar. Las escupidas y meados provenían del riego ―subterráneo y de goteo― que mi padre encendía y apagaba a capricho, ahogando su risa para no ser descubierto. Hijos y nietos estamos convencidos de que en la granja pasamos las mejores vacaciones de nuestras vidas.
Pero lo que más recordaremos serán las historias que mi padre nos contaba, primero al  calor de la fogata y luego al de la chimenea. Cada una de ellas, sin excepción, empezaba con la misma frase. Bastaba con escucharle decir: «Había una vez un niño» para que corriéramos a sentarnos a su alrededor. A partir de esa oración mi padre inventaba relatos maravillosos. Su magia consistía en adaptar la historia a la situación que vivía alguno de nosotros. Así, escuchamos cuentos de niños que se rompían los huesos al golpearse contra una almohada; pequeños olvidados durante semanas en casa de algún amigo, o cocodrilos que robaban dientes de leche para pegárselos en su propia boca y así morder mejor a los despistados que se acercaban al río. Sus relatos aligeraban las cargas.
Un día en el que yo me sentía especialmente desanimada por el mal momento que Adrián y yo estábamos pasando, propuse ir a la granja a pasar el fin de semana, pero él se negó. A pesar de las protestas de nuestros hijos, no quise insistirle. Me vendrían bien un par de días sin él. Necesitaba pensar. Decidir.
Al vernos llegar mi padre me miró inquisitivo, preguntó por mi esposo y como pareció contentarse con la respuesta vaga que le di, pensé que lo había engañado.
Sin ponernos de acuerdo, los cuatro hermanos llegamos ese fin de semana. La cabaña se llenó con el olor a comida caliente, los chillidos de los niños subiendo y bajando las escaleras a todo galope y el crujir de los leños que se quemaban lentamente. Pasé el sábado sentada frente a la chimenea, cubierta con una manta y el libro cerrado sobre mi regazo.
Al anochecer, mi padre se acomodó en un sillón cercano al mío y, sin ningún preámbulo dijo: «Había una vez un niño que quería ser árbol». Los nietos se acercaron a escuchar otra de sus maravillosas y cándidas historias. Incluso yo olvidé la taza de chocolate que me calentaba las manos. Al terminar el relato preguntó al aire qué árbol le gustaría ser a cada uno y por qué. Los niños se apresuraron a responder:
―Yo, eucalipto ―dijo una―, para tener uñas plateadas.
―¡Yo, pino! ―gritó otro―, para tirarles piñas a los chuchos que me orinen encima.
―Tú, limonero ―agregó mi hermano mirando a su mujer―, por ácida.
En medio de las risas escuché la voz de mi padre:
―Y a tí, Ana, ¿qué árbol te gustaría ser?
―¿Yo? No sé, papi. No quiero jugar ―dije con desgano.
―¡Sí, mami! ―gritó mi hijo pequeño― ¿qué árbol del bosque desordenado serías tú?
―El árbol que yo sería no está en el bosque desordenado ―respondí, cayendo en el juego.
―¿No está? ―preguntó mi hermana, irónica― ¿Falta alguno?
―Si yo fuera árbol, sería palmera ―sentencié, muy seria.
―¿Palmera? ―preguntó mi sobrina― ¿Porque siempre estás despeinada?
La carcajada fue general.
―Sí, por eso ―respondí, enseñándole la lengua―, pero también porque son desenfadadas y siempre están contentas. Pero, sobre todo ―dije, mirando a mi padre―, porque cuando vienen las tormentas las enfrentan con valentía. Se doblan ante los fuertes vientos, pero hace falta algo más bravo que un huracán para arrancarlas de raíz. Y luego, cuando la tormenta pasa, se enderezan, se estiran, sacuden sus hojas y vuelven a ser felices.
―Hasta que llega la siguiente tormenta ―agregó mi padre, fijando los ojos en mí.
―Hasta que llega la siguiente tormenta ―repetí, sosteniendo su mirada―. Mientras tanto, se divierten tirándoles cocos a los niños que las molestan ―terminé, lanzando un cojín a mi sobrina.
 
 
 

Patricia Fernández

Nací en Guatemala en 1962, en una casa llena de libros. No recuerdo mi niñez sin historias, historias que mi madre nos leía y mi padre se inventaba. Las que más me gustaban y me gustan son las que hablan de la vida diaria y de las personas a las que llamamos normales, esas que consiguen que la cotidianidad se convierta en algo maravilloso. Empecé a escribir en el año 2010, empujada por la curiosidad y la inquietud por saber de dónde salían las historias que me contaban los libros. Fui alumna de varios talleres de escritura creativa aquí, en Guatemala, y luego estudié técnicas narrativas en la Escuela de Escritores de Madrid, España. He publicado varios cuentos cortos en distintos medios y, actualmente, tengo este blog para hablar de lo que me apasiona: la insólita cotidianidad.

2 comentarios

NictéSdP · agosto 13, 2016 a las 3:05 am

Bello! Y sí, dejamos huellas pequeñas en nuestros relatos. Es parte de sobrevivir.

Lorena Derivera · agosto 18, 2016 a las 2:01 am

Qué bonito realato, palmera.

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